Por Legren Velez, Presidente de MenschenDeCuba e.V.
Kirchdorf an der Iller, 28 de marzo de 2026.
El pasado 21 de febrero se publicó el artículo «La esperanza de Cuba» de Michel Torres Corona en el periódico «junge Welt». Mucho más que un reportaje periodístico, es un ejemplo clásico de propaganda dirigida por el Estado comunista. Con un lenguaje patético y alusiones literarias, al estilo típico de los cuadros del partido, el joven propagandista de la dictadura comunista intenta distorsionar la realidad en Cuba y atribuir la responsabilidad de la profunda crisis del país exclusivamente a elementos externos. Esta afirmación no resiste un análisis basado en los hechos.
La dramatización inicial, en la que se presenta a las potencias extranjeras —en particular a EE. UU. y a Donald Trump— como los únicos responsables de la miseria, es engañosa. El declive económico de Cuba no comenzó con Trump ni con las sanciones actuales. El embargo estadounidense lleva más de seis décadas en vigor, tiempo más que suficiente para impulsar reformas políticas y sociales que hubieran hecho a Cuba más independiente y resistente a las influencias externas. En cambio, la dirección comunista se aferró sistemáticamente a un sistema caracterizado por la falta de libertad, el control centralizado y una política económica fallida —en particular, por la dependencia casi parasitaria de aliados ideológicamente afines—. La pregunta decisiva sigue siendo: ¿qué errores propios ha admitido abiertamente el Gobierno? La respuesta es desalentadora. La negativa sistemática a asumir responsabilidades y la arrogancia de no reconocer los propios fracasos revelan una profunda alienación de los gobernantes respecto a la realidad de la vida de la población. La externalización de toda la culpa no es más que una maniobra de distracción política.
Especialmente pérfida es la instrumentalización de los niños. El artículo afirma que el embargo comercial de EE. UU. es el principal responsable de su sufrimiento. La realidad es que los productos humanitarios —entre ellos, alimentos y medicamentos— están excluidos de las sanciones. Cuba no fracasa por falta de acceso, sino por su propia política económica y de distribución. Las divisas se destinan de forma selectiva a proyectos de prestigio del Estado y al sector turístico, mientras se descuida la atención básica de la propia población. A esto se suma un aspecto que la propaganda estatal oculta sistemáticamente: el sufrimiento de los niños cuyos padres se ven obligados a abandonar el país para poder sobrevivir. Aún más grave es la situación de aquellas familias cuyos padres son enviados al extranjero como personal especializado y deciden allí abandonar las misiones estatales. A estas personas se les castiga impidiéndoles regresar a Cuba durante un máximo de ocho años y, con ello, reunirse con sus propios hijos. Igualmente afectados están los hijos de presos políticos, es decir, aquellas personas que se atreven a oponerse al sistema comunista y son encarceladas por ello. Estos niños crecen sin sus padres, no a causa de sanciones externas, sino como consecuencia de la represión estatal. Estas separaciones familiares provocadas por motivos políticos son una de las realidades más crueles del sistema, y contradicen directamente la supuesta protección de los niños.
Las afirmaciones sobre la atención sanitaria son igualmente sesgadas. Es innegable que Cuba contó en su día con un sistema sanitario eficaz. Sin embargo, este se ha ido socavando sistemáticamente desde hace años. Se envía a miles de médicos al extranjero para generar divisas, a menudo en condiciones que son criticadas internacionalmente por considerarlas de explotación. Al mismo tiempo, este personal brilla por su ausencia en el país. La referencia a médicos que improvisan ante los cortes de electricidad no es un signo de fortaleza, sino una muestra de la incapacidad de un sistema que ya no puede mantener su propia infraestructura. La falta de medicamentos vitales está documentada, y no se explica únicamente por las sanciones. Resulta especialmente conmovedor que sean precisamente los cubanos residentes en Estados Unidos quienes envían a Cuba los medicamentos necesarios, así como el material para tratamientos y operaciones, o los traen personalmente —sin restricciones por parte de Estados Unidos—, para que sus familiares, en particular los niños, puedan recibir atención médica. Aquí queda claro: mientras el pueblo se mantiene unido, el Estado comunista fracasa en su responsabilidad más fundamental.
Las escenas descritas en guarderías y colegios revelan, sin quererlo, la realidad que el autor en realidad pretende embellecer. Cuando los padres se ven obligados a llevar ellos mismos alimentos básicos para garantizar la alimentación de sus hijos, eso no es una muestra de solidaridad, sino una clara admisión del fracaso del Estado. La escasez de docentes, los bajos salarios y la fuga de personal cualificado son consecuencias directas de decisiones políticas, no de influencias externas.
La heroica retórica final sobre la resistencia y la dignidad nacional resulta cínica ante la realidad. Mientras se habla de firmeza, cientos de miles de cubanos abandonan su país, en una de las mayores oleadas migratorias de la historia reciente. La gente no vota con consignas, sino con los pies. Esta huida masiva es el voto de censura más claro contra el sistema que el autor intenta defender.
En resumen, se puede decir lo siguiente: el artículo no es una contribución a la información, sino un intento de justificación política. Sigue un patrón conocido de comunicación autoritaria: culpar a los demás, idealizar la situación interna y recurrir a la exageración emocional para movilizar a la gente. Quien esté realmente interesado en el futuro de Cuba debe tener el valor de señalar las causas internas de la crisis, y no puede seguir escondiéndose tras narrativas ideológicas.
In Memoriam: Luis Miguel Oña Jiménez, de 27 años, preso político y víctima de la brutal represión en Cuba, falleció el 15 de febrero de 2026 tras semanas de abandono por parte del régimen, pocos días después de su puesta en libertad bajo una «licencia extrapenal». Sin médico, sin atención adecuada, solo indiferencia por parte del Estado.
Sr. Michel Torres Corona, mientras usted celebra en su artículo el «heroísmo» de Cuba, mueren jóvenes como Oña Jiménez, que protestaban por su libertad. Su propaganda empaña la realidad: el régimen deja que la gente se muera, y se espera que el mundo aplauda. Esta es la cruel verdad que se esconde tras la supuesta «esperanza de Cuba».

