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Réplica desafilante (2.ª parte): Rigidez comunista fallida

Por Legren Velez, Presidente de MenschenDeCuba e.V.

Kirchdorf an der Iller, 29. de marzo de 2026

El viernes 6 de marzo de 2026, Michel Torres Corona publicó una segunda columna titulada «Imperfectos, pero no derrotados» en el periódico junge Welt. Ya desde el principio queda al descubierto el patrón: la comparación con Galileo Galilei. Pero esta comparación no es valiente, es manipuladora. Galileo luchó en el siglo XVII por la verdad científica contra el dogmatismo religioso, en una época en la que no existía la libertad de expresión garantizada. El régimen cubano, por el contrario, reproduce en el siglo XXI, a pesar de la vigencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, precisamente esta lógica inquisitorial: quien se opone, es castigado.

En Cuba, la crítica no significa debate, sino represión: encarcelamiento, exilio, separación familiar. Hay personas que se derrumban ante ello. Casos como el de la neurocientífica Hilda Molina muestran cómo se marginan sistemáticamente las voces críticas. Por lo tanto, la comparación con Galileo no sirve para esclarecer, sino para la autopromoción de un sistema que controla la verdad y reprime la crítica.

No hay «otro modelo», sino que no hay elección

La afirmación de que Cuba es atacada únicamente por tener un «modelo social diferente» oculta la realidad. Desde la Revolución Cubana no existe pluralismo político: no hay elecciones libres, ni oposición real, ni medios de comunicación independientes; solo control y represión.
El problema no es que Cuba rechace el capitalismo. El problema es que el régimen comunista niega a su pueblo la libertad de decidir por sí mismo en una verdadera democracia. El modelo social que impera hoy en Cuba no evoluciona porque se aferra a doctrinas que surgen de la coacción ideológica. El lema «socialismo o muerte» no es una exclamación retórica, es una prisión política. Muestra la rigidez de un sistema que no admite alternativas.
Mientras que en otros países la gente puede elegir entre diferentes orientaciones políticas, Cuba obliga a sus ciudadanos a encajar en el molde ideológico del socialismo. Se criminaliza la crítica y se reprime la diversidad. Eso no es un sistema alternativo, es un estancamiento impuesto por la fuerza.

La crisis es de origen interno

Una narrativa recurrente sostiene que el embargo estadounidense contra Cuba es la causa principal de todos los problemas. Eso es demasiado simplista, y erróneo. El embargo estadounidense contra Cuba es una realidad y lleva más de seis décadas en vigor; se justifica por violaciones masivas de los derechos humanos contra ciudadanos estadounidenses, documentadas históricamente. Pero eso no explica el fracaso estructural de la economía.
Cuba importa alimentos a pesar de contar con suelos fértiles. ¿Por qué? Porque faltan incentivos para los agricultores, porque el control estatal ahoga la innovación y porque la mala gestión se ha convertido en la norma. El colapso económico tras el fin de la Unión Soviética ya puso de manifiesto la fragilidad del sistema. Décadas más tarde, las reformas necesarias aún no se han llevado a cabo, a diferencia de lo que ocurre en los países de Asia gobernados por el comunismo.
En cambio, la dirección apostó por nuevas dependencias, como el fallido modelo venezolano del «socialismo del siglo XXI». El resultado lo vemos hoy: crisis de abastecimiento, escasez de energía, falta de perspectivas. Esta crisis no es importada, sino que es de origen interno y ha sido generada políticamente en el Comité Central.

Desviar la culpa en lugar de asumir la responsabilidad

Los ataques personales contra el actual jefe de la embajada de Estados Unidos en La Habana, Mike Hammer, y la congresista María Elvira Salazar son clásicas maniobras de distracción propias de la propaganda comunista. Ambos cuentan con legitimidad democrática. Insinuar que se enriquecen a costa del sufrimiento de los cubanos es difamatorio, carece de fundamento y solo sirve para desviar la atención de sus propios errores.

La realidad es clara: durante décadas, el Gobierno comunista ha llevado a Cuba a una situación de endeudamiento crónico, falta de solvencia y aislamiento económico, no solo en el plano político, sino también en el estructural. El proceso de ejecución de la deuda perdido en Londres y las lentas negociaciones con los acreedores del Club de París lo confirman.

 

Esto se hace especialmente patente en el sector del transporte. La crisis se remonta a décadas atrás. El pueblo cubano no lleva sufriendo las colas de horas en las paradas de autobús y las listas de espera de días para el transporte interprovincial solo desde el 3 de enero de 2026. Más bien, los monopolios estatales, las inversiones erróneas, el mal mantenimiento y una flota obsoleta han provocado el colapso del sector del transporte. Las iniciativas privadas se han obstaculizado en lugar de fomentarse. Esta realidad no es obra de Donald Trump, sino el resultado de decisiones políticas tomadas desde oficinas con aire acondicionado en La Habana. Las bicicletas y las soluciones improvisadas no son un punto fuerte, sino estrategias de supervivencia de una población que no quiere dejarse vencer por la doctrina comunista.

Un sistema sin transparencia: un pueblo en movimiento

Cuando el Gobierno habla de «esfuerzos», se refiere a la falta de transparencia. Importaciones clandestinas de petróleo, falta de información, el principio del «secretismo»: todo ello pone de manifiesto un sistema estatal autoritario que no se deja controlar y que no rinde cuentas al pueblo. Incluso José Martí es instrumentalizado, a pesar de que él defendía la transparencia política.

Una vez más: el sistema de salud ya no es una muestra de fortaleza. Los últimos informes de organizaciones como la Organización Mundial de la Salud ponen de manifiesto carencias, deterioro y un claro cambio de prioridades: divisas para el aparato del partido y el turismo, en lugar de la atención sanitaria en el país.

La afirmación de que Cuba «no ha sido derrotada» es un intento de equiparar al partido con la nación. Pero Cuba es más que el PCC. La realidad es otra: protestas, huida, resistencia. La gente sale a la calle porque quiere un cambio. La represión pone de manifiesto el gran temor que sienten quienes ostentan el poder.

In Memoriam: Oswaldo Payá Sardiñas, activista cubano por los derechos civiles y fundador del movimiento demócrata-cristiano, luchó de forma pacífica por la democracia, la libertad de expresión y los derechos humanos en Cuba. Se dio a conocer internacionalmente gracias al «Proyecto Varela», con el que exigió reformas políticas por la vía legal. Por su valiente compromiso recibió numerosos galardones y se convirtió en una de las voces más importantes de la oposición al régimen comunista.

El 22 de julio de 2012, Payá falleció en un controvertido accidente de tráfico cuyas circunstancias siguen suscitando dudas hasta hoy. Muchos observadores y organizaciones de derechos humanos consideran que el Estado cubano tiene parte de responsabilidad y acusan a las autoridades de falta de transparencia y de posible implicación. Su muerte sigue siendo un símbolo de los riesgos inquisitoriales a los que se enfrentan los disidentes.

 

 

Cuba está moviéndose, pero no gracias al sistema comunista, sino en contra de él. Este movimiento hacia el cambio ha sido provocado por la rigidez del sistema comunista. Y este movimiento apunta en una sola dirección: democracia, libertad, derechos humanos y autodeterminación para el pueblo cubano.

Porque una cosa es segura, como escribió en su día Oswaldo Payá: La noche no será eterna.

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